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Teología Quotes

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Teología Quotes

“Cuando se trata de conocer a Dios, la iniciativa está de Su lado. Si El no se revela, nada que podáis hacer vosotros os permitirá encontrarle. Y, de hecho, Él enseña mucho más de Sí mismo a algunas personas que a otras… no porque tenga favoritos, sino porque es imposible para Él mostrarse a un hombre cuya mente y carácter estén en condiciones adversas. Del mismo modo que la luz del sol, aunque no tiene favoritos, no puede reflejarse en un espejo polvoriento del mismo modo en que lo haría en un espejo limpio.”

“Lo que surge de la vida conjunta del Padre y el Hijo es una auténtica Persona; es, de hecho, la Tercera de las tres Personas que son Dios. Esta Tercera Persona se llama, en lenguaje técnico, el Espíritu Santo o el Espíritu de Dios. No os preocupéis ni os sorprendáis si lo encontráis bastante más vago y difuminado en vuestra mente que a los otros dos. Creo que hay una razón por la que esto debe ser así. En la vida cristiana no se suele estar mirándolo a El: Él está siempre actuando en vosotros. Si pensáis en el Padre como en alguien que está «ahí fuera», delante de vosotros, y en el Hijo como en alguien que está a vuestro lado, ayudándoos a orar, intentando convertiros en otro hijo, entonces tenéis que pensar en la Persona como en alguien que está dentro de vosotros, o detrás de vosotros. Son una gran fuente de energía y belleza que mana desde el centro mismo de la realidad. Si estáis cerca de esa fuente, su salpicadura os mojará; si no lo estáis, permaneceréis secos. Una vez que un hombre está unido a Dios, ¿cómo no iba a vivir para siempre?”

“Dios no está en el tiempo. Su vida no consta de momentos que se suceden unos a otros. Si un millón de personas le están orando a las diez y media de esta noche, Él no necesita escucharlas a todas en ese preciso y mínimo espacio de tiempo que nosotros llamamos las diez y media. Las diez y media —y todos los demás momentos desde el principio del mundo— es siempre el presente para Él. Si preferís verlo de esta manera, Dios tiene la eternidad para escuchar el pequeño fragmento de oración que le ofrece el piloto al tiempo que su avión cae envuelto en llamas.”

“Pero en cuanto empiezo a intentar explicar cómo están relacionadas esas tres Personas de la Trinidad tengo que utilizar palabras que hacen que parezca que una de ellas ha estado allí antes de las demás. La Primera Persona se llama el Padre y la Segunda el Hijo. Decimos que la primera engendra la segunda: lo llamamos engendrar y no crear, porque lo que la primera Persona produce es de la misma clase que Ella. En ese aspecto la palabra Padre es la única que podemos utilizar. Pero desgraciadamente ésta sugiere que Ella estuvo ahí primero, del mismo modo que un padre humano existe antes que su hijo. Pero esto no es así. Aquí no hay un antes y un después. Y por eso he dedicado algún tiempo al intento de aclarar cómo una cosa puede ser la fuente, o la causa, o el origen de otra sin haber estado allí antes. El Hijo es porque el Padre es, pero nunca hubo un momento en que el Padre produjera al Hijo. El Hijo es porque el Padre es, pero nunca hubo un momento en que el Padre produjera al Hijo.”

“Dios sabe cómo describirse a sí mismo mucho mejor de lo que nosotros sabemos describirlo. Él sabe que Padre e Hijo se parece más a la relación entre la Primera y la Segunda Persona que ninguna otra cosa en la que podamos pensar. Lo más importante que debemos saber es que es una relación de amor. El Padre se deleita en el Hijo; el Hijo venera al Padre.”

“Las palabras «Dios es Amor» no tienen un significado real a menos que Dios contenga al menos a dos Personas. El amor es algo que una persona siente por otra persona. Si Dios fuera una sola persona entonces, antes de que el mundo fuese creado, Dios no era amor. Y esa es, de paso, tal vez la diferencia más importante entre el cristianismo y todas las demás religiones: que en el cristianismo Dios no es una Cosa -ni siquiera una Persona- estática, sino una actividad dinámica y pulsante, una vida, casi una especie de drama. Casi, si no me tomáis por irreverente, una suerte de danza. La unión entre el Padre y el Hijo es algo tan vivo y concreto que esta unión misma es en sí una Persona.”

“Lo que surge de la vida conjunta del Padre y el Hijo es una auténtica Persona; es, de hecho, la Tercera de las tres Personas que son Dios. Esta Tercera Persona se llama, en lenguaje técnico, el Espíritu Santo o el Espíritu de Dios. No os preocupéis ni os sorprendáis si lo encontráis bastante más vago y difuminado en vuestra mente que a los otros dos. Creo que hay una razón por la que esto debe ser así. En la vida cristiana no se suele estar mirándolo a El: Él está siempre actuando en vosotros. Si pensáis en el Padre como en alguien que está «ahí fuera», delante de vosotros, y en el Hijo como en alguien que está a vuestro lado, ayudándoos a orar, intentando convertiros en otro hijo, entonces tenéis que pensar en la Persona como en alguien que está dentro de vosotros, o detrás de vosotros.”

“Toda la danza, o drama, o patrón de conducta de esta vida tri-Personal debe ser llevado a cabo en cada uno de nosotros: o (en el sentido inverso), cada uno de nosotros tiene que entrar en ese patrón de conducta, tomar su puesto en esa danza. No hay otro camino hacia la felicidad para la que hemos sido hechos. Sabréis que las cosas buenas además de las malas se contagian por una suerte de infección. Son una gran fuente de energía y belleza que mana desde el centro mismo de la realidad. Si estáis cerca de esa fuente, su salpicadura os mojará; si no lo estáis, permaneceréis secos. Una vez que un hombre está unido a Dios, ¿cómo no iba a vivir para siempre?”

“¿Pero cómo va ese hombre a unirse a Dios? ¿Cómo es posible para nosotros ser absorbidos en la vida tri-Personal? En nuestro estado natural no somos hijos de Dios: sólo somos (por así decirlo) estatuas. No poseemos Zoe o vida espiritual: sólo poseemos Bios o vida biológica que a su tiempo se agotará y morirá. Pues bien, todo lo que ofrece el cristianismo es esto: que podemos, si dejamos que Dios se salga con la Suya, llegar a compartir la vida de Cristo. Si lo hacemos, estaremos compartiendo una vida que fue engendrada, no creada, que siempre ha existido y que siempre existirá. Cristo es el Hijo de Dios. Si compartimos esta clase de vida nosotros también seremos hijos de Dios. Amaremos al Padre como Él le ama y el Espíritu Santo se despertará en nosotros. El vino a este mundo y se hizo hombre para difundir a otros hombres la clase de vida que Él tiene, a través de lo que yo llamo una «buena infección». Cada cristiano debe convertirse en un pequeño Cristo.”

“Yo podría repetir «Haz a los demás lo que quieres que te hagan a ti» hasta que me salgan canas verdes, pero no podré realmente llevarlo a cabo hasta que ame a mi prójimo como a mí mismo. Y no puedo aprender a amar a mi prójimo como a mí mismo hasta que no aprenda a amar a Dios. Y no puedo aprender a amar a Dios salvo aprendiendo a obedecerle. Y así, como ya os lo advertí, llegamos a algo más interior… de los asuntos sociales a los asuntos religiosos. Porque el rodeo más largo es el camino más corto a casa.”

“Cuando decimos: "Con la ayuda de Dios", queremos decir que Dios nos ponga dentro un trocito de Sí, por así decirlo. Él nos presta un poquito de Su capacidad para razonar, y de ese modo pensamos; nos presta un poquito de Su amor y así es como nos amamos los unos a los otros. Nosotros amamos y razonamos porque Dios ama y razona y nos sostiene la mano mientras lo hacemos.”

“Ésta es una imagen para el tiempo de la Iglesia, que también se nos propone precisamente a nosotros. El Señor está «en el monte» del Padre. Por eso nos ve. Por eso puede subir en cualquier momento a la barca de nuestra vida. Y por eso podemos invocarlo siempre, estando seguros de que Él siempre nos ve y siempre nos oye.”

“María Magdalena quiere tocar a Cristo, retenerlo, pero el Señor le dice: «Suéltame, que todavía no he subido al Padre» (Jn 20,17). Esto nos sorprende. Es como decir: Precisamente ahora que lo tiene delante, ella puede tocarlo, tenerlo consigo. Cuando habrá subido al Padre, eso ya no será posible. Pero el Señor dice lo contrario: Ahora no lo puede tocar, retenerlo. La relación anterior con el Jesús terrenal ya no es posible. Se trata aquí de la misma experiencia a la que se refiere Pablo en 2 Corintios 5,16s: «Si conocimos a Cristo según los criterios humanos, ya no lo conocemos así. Si uno está en Cristo, es una criatura nueva». El viejo modo humano de estar juntos y de encontrarse queda superado. Ahora ya sólo se puede tocar a Jesús «junto al Padre». Únicamente se le puede tocar subiendo. Él nos resulta accesible y cercano de manera nueva: a partir del Padre, en comunión con el Padre.”

“El Nuevo Testamento —desde los Hechos de los Apóstoles hasta la Carta a los Hebreos—, haciendo referencia al Salmo 110,1 describe el «lugar» al que Jesús se ha ido con una nube como un «sentarse» (o estar) a la derecha de Dios. ¿Qué significa esto? Este modo de hablar no se refiere a un espacio cósmico lejano, en el que Dios, por decirlo así, habría erigido su trono y en él habría dado un puesto también a Jesús. Dios no está en un espacio junto a otros espacios. Dios es Dios. Él es el presupuesto y el fundamento de toda dimensión espacial existente, pero no forma parte de ella. La relación de Dios con todo lo que tiene espacio es la del Dios y Creador. Su presencia no es espacial sino, precisamente, divina. Estar «sentado a la derecha de Dios» significa participar en la soberanía propia de Dios sobre todo espacio.”

“Los prisioneros necesitaban a alguien que no se compadeciera de sí mismo, sino que compartiera sinceramente con ellos su dolor. Necesitaban a alguien que no buscara consuelo, sino que pudiera consolar. Necesitaban a alguien que no buscara respeto y admiración por lo que era, sino que les demostrara amor y respeto aunque ellos le rechazaran y le trataran con desprecio. Me pedía que me olvidara de mi «impotencia» frente al «sistema» y me preocupara, en cambio, por las necesidades de quienes me rodeaban hoy, de manera que pudiera hacer cuanto estuviera en mi mano a través de la oración y del ejemplo.”

“La verdadera libertad no significaba otra cosa que dejar obrar a Dios en el alma sin poner obstáculos; poner por delante la voluntad de Dios tal y como se me revelaba a través de sus indicaciones, de sus inspiraciones y de otros medios de que se vale para comunicarlos; y no obrar por propia iniciativa. El mayor sentimiento de seguridad, ha procedido de la renuncia a mi libertad para cumplir únicamente la voluntad de Dios.”

“Pecaba yo, por cuanto buscaba la verdad, la deleitación y la sublimidad no en Él, sino en mí mismo y en las demás criaturas; y por esto me precipitaba en el dolor, la confusión y el error. Porque tú siempre estabas a mi lado, ensañándote misericordiosamente conmigo y amargabas mis ilegítimas alegrías para que así aprendiera a buscar goces que no te ofendan. ¿Y dónde podía yo conseguir esto sino en ti, Señor, que finges poner dolor en tus preceptos, nos hieres para sanarnos y nos matas para que no nos muramos lejos de ti?”

“Es curioso que los mortales nos pinten siempre dándoles ideas, cuando, en realidad, nuestro trabajo más eficaz consiste en evitar que se les ocurran cosas. Desvia su mirada de Él hacia ellos mismos. Haz que se dediquen a contemplar sus propias meritos y que traten de suscitar en ellas, por obra de su propia voluntad, sentimientos o sensaciones. Enséñales a medir el valor de cada oración por su eficacia para provocar el sentimiento deseado, y no dejes que lleguen a sospechar hasta qué punto esa clase de éxitos o fracasos depende de que estén sanos o enfermos, frescos o cansados, en ese momento. Los humanos no parten de una percepción directa del Enemigo. Nunca han experimentado esa horrible luminosidad, ese brillo abrasador e hiriente que constituye el fondo de sufrimiento.”

“Podía aceptar los trabajos y sufrimientos de cada día como venidos de las manos de Dios y ofrecérselos no solo por él, sino por todos los que lo rodeaban. La función del sacerdote consiste en ofrecer esas cosas a Dios por el prójimo y servir de ejemplo, de testigo, de mártir, de testimonio de la providencia y de los fines de Dios ante los hombres que lo rodean.”

“Tú eres siempre el mismo (Sal 101,28); y todo lo que está por venir en el más hondo futuro y lo que ya pasó, hasta en la más remota distancia, Hoy lo harás, Hoy lo hiciste. ¿Y qué más da si alguno no lo entiende? Alégrese cuando pregunta: «¿qué es esto?». Porque más le vale encontrarte sin haber resuelto tus enigmas, que resolverlos y no encontrarte.”

“Esta tendencia a ponerle a Dios condiciones aceptables, a procurar inconscientemente que su voluntad coincida con nuestros deseos, es una característica muy humana. Y, cuanto más importante es el asunto, cuanto más comprometidos estamos en él y más depende de él nuestro futuro, más fácil nos resulta cegarnos y pensar que lo que nosotros queremos es, sin duda, lo que Dios tiene que querer también. No somos capaces de ver más que una solución y, naturalmente, suponemos que Dios nos ayudará a alcanzarla.”

“El trabajo en sí mismo no es una maldición de Dios, sino una participación en su obra creadora, un acto redentor y positivo, noble en sí mismo y digno de lo mejor del hombre, igual que fue digno del mismo Dios. Darse cuenta de que, cuando Dios se hizo hombre, se convirtió en un trabajador contiene una espléndida verdad. No fue rey, ni jefe de una tribu, ni un guerrero, ni un estadista o un destacado líder de las naciones, como algunos esperaban del Mesías.”

“El problema de adaptar el tiempo particular a las oraciones particulares es meramente la aparición, en dos puntos de su forma de percepción temporal, del problema total de adaptar el universo espiritual entero al universo corporal entero; que la creación en su totalidad actúa en todos los puntos del espacio y del tiempo, o mejor, que su especie de conciencia les obliga a enfrentarse con el acto creador completo y coherente como una serie de acontecimientos sucesivos. Por qué ese acto creador deja sitio a su libre voluntad es el problema de los problemas, el secreto oculto tras las tonterías del Enemigo acerca del “Amor”. Cómo lo hace no supone problema alguno, porque el Enemigo no prevé a los humanos haciendo sus libres aportaciones en el futuro, sino que los ve haciéndolo en su Ahora ilimitado. Y, evidentemente, contemplar a un hombre haciendo algo no es obligarle a hacerlo.”

“En cuanto Padre, él es Creador y Omnipotente. Su omnipotencia no la comprendemos porque la escindimos de su paternidad. Si nosotros fuésemos omnipotentes, impediríamos enseguida el mal, y para hacerlo tendríamos que quitar la libertad, transformando el mundo en una jaula, en una prisión; en cambio, Él es Omnipotente en cuanto Padre, y en esta clave es Creador. No ha hecho las cosas de manera que todo sea igual: ¿quieres ver si un padre estaría contento de tener ocho hijos todos idénticos? No, todos diferentes, porque es padre, porque los ama personalmente, singularmente, uno por uno.”

“Una vez traspasado el umbral que tanto temía cruzar, todo me parecía sencillísimo. No veía más que una cosa: a Dios, que era todo en todo; no había más que una voluntad que lo gobernaba todo: la voluntad de Dios. Solo tenía que verla, descubrirla en cualquier circunstancia en la que me hallara, y dejarme guiar por ella. Dios está en todo, lo sostiene todo, lo gobierna todo. Descubrirlo así en cada situación y en cada circunstancia, ver su voluntad en todo, significaba aceptar cada circunstancia y cada situación, y dejarse llevar con una seguridad y una confianza perfectas.”

“Solo puedo describir la experiencia de conversión como una sensación de «dejarse llevar», de renunciar a todo esfuerzo o incluso a mi deseo de tomar las riendas de mi propia vida. Aunque suene demasiado simple, esa decisión ha condicionado a partir de entonces cada uno de los momentos de mi vida. Solo puedo llamarlo una conversión.”

“En los campos fui capaz de servir humildemente a los hombres que Dios ponía en mi camino cada día. Si las obras del espíritu en nosotros las acabamos conociendo lentamente, ¿cómo no vamos a empezar a detectar aún más lentamente las obras de ese espíritu en los demás? Mientras realizaba mi labor diaria, daba gracias a Dios una y otra vez por la terrible etapa de purificación que atravesé en Lubianka para poder servir a aquellos hombres.”

“En la voluntad de Dios revelada y manifestada en las personas, en los lugares y en las cosas que Él nos pone delante, más que en los medios exigidos para cumplirla. Entonces no importa lo que esos medios exijan –sufrimiento, peligro, soledad o penalidades físicas, como el hambre o la enfermedad–: saber que aceptándolos estamos cumpliendo la voluntad de Dios hace más fácil el sacrificio y más ligera la carga. Aceptar lo que venga o lo que suceda como voluntad de Dios, sea cual sea su precio espiritual, psíquico o físico, es el camino más rápido y seguro hacia una libertad del alma y del espíritu que supera toda comprensión y toda explicación.”

“Ahora bien, si alguno se sale de la costumbre común, enseguida se le abruma con normas, reglas y métodos. Y si él no pasa por ello, y no acepta lo que el arte de la piedad ha establecido, o si no lo observa con constancia, la cosa es clara: todos temen por él, y su camino resulta claramente sospechoso. Ahora bien, ¿no es cosa sabida que todas las prácticas, por buenas y santas que sean, no son, después de todo, sino caminos que conducen a la unión con Dios? ¿Para que, pues, ha de ejercitarse en ellas aquél que no está ya en el camino, sino en la meta? Los pasados métodos han perdido para ella toda su utilidad, y no son más que un camino ya recorrido, que quedó atrás. Exigirle, pues, al alma que vuelva a adoptar aquellos métodos o que continúe siguiéndolos, equivale a pretender que abandone el término al que llegó, para volver al camino que a él le condujo.”

“La salvación consiste, sencillamente, en tomar a diario la misma cruz de Cristo, en aceptar como voluntad de Dios lo que cada día trae consigo, en ofrecer a Dios cada mañana todas las alegrías, las obras y los sufrimientos de la jornada. Pero esto no son más que palabras. En la práctica, es el pobre cuerpo el que, como siempre y sin palabras, nos explica en qué consiste la salvación. Consiste en levantarse todas las mañanas y en acostarse agotado. Consiste en la rutina, no en el espectáculo. Puede consistir en un trabajo monótono, en un sufrimiento, en posponer los placeres, la felicidad o el amor que ansía el corazón humano para hacer lo que es preciso en ese momento.”

“Vivir en el tiempo equivale a cambiar. La sequía y monotonía que tu paciente está atravesando ahora no son, como gustosamente supones, obra tuya; son meramente un fenómeno natural. Nuestro objetivo de guerra es un mundo en el que Nuestro Padre de las Profundidades haya absorbido en su interior a todos los demás seres; el Enemigo desea un mundo lleno de seres unidos a Él pero todavía distintos.”

“Debes haberte preguntado muchas veces por qué el Enemigo no hace más uso de Sus poderes para hacerse sensiblemente presente a las almas humanas. Para Él, sería inútil meramente dominar una voluntad humana. Las criaturas han de ser una con Él, pero también ellas mismas. Él quiere que aprendan a andar y debe, por tanto, retirar Su mano; y sólo con que de verdad exista en ellos la voluntad de andar, se siente complacido hasta por sus tropezones. De ahí que las oraciones ofrecidas en estado de sequía sean las que más le agradan.”

“Si te agradan las almas ámalas en Dios; porque ellas también son inestables, pero en Dios se estabilizan y sin Él pasan y perecen. Han de ser, pues, amadas en Dios. Donde Él está, la verdad adquiere sabor; Él está muy adentro del corazón, pero el corazón se aparta de Él. Cristo, nuestra vida, bajó acá para llevarse nuestra muerte y matarla con la abundancia de su vida; con tonante voz nos llamó para que volviéramos a Él. Y luego desapareció de nuestra vista para que lo busquemos en nuestro corazón y allí lo encontremos. Se fue, pero aquí está. No se quiso quedar largo tiempo con nosotros, pero no nos dejó. Se fue hacia el lugar en que siempre estuvo y que nunca abandonó; porque Él hizo el mundo y estuvo en el mundo, adonde vino para salvar a los pecadores.”

“«Es verdad que nadie llega jamás a adquirir un claro conocimiento de sí mismo si no ha contemplado el rostro de Dios y no se ha percatado de cómo Dios lo ve. El orgullo, que está arraigado en nosotros, nos conduce a considerarnos justos y honestos, sabios y santos, hasta que hayamos sido convencidos por los irrefutables argumentos de nuestra injusticia, de nuestras faltas, de nuestra necedad y de nuestra impureza. Esta convicción no se da mientras nos contemplamos únicamente a nosotros mismos y no a Dios, de quién brota la única regla con la que debemos medirnos, y la que debe regirlo todo. El ojo acostumbrado a lo negro acaba considerando que lo castaño oscuro o lo poco luminoso goza de una magnífica blancura. En efecto, si consideramos todas las cosas con lucidez, nos parece que tenemos la más clara visión imaginable; pero, si elevamos los ojos para mirar el sol, nuestra gran lucidez respecto de las cosas de la tierra se ve inmediatamente deslumbrada y destruida por completo a causa de tal claridad. Es así también cuando evaluamos nuestros bienes espirituales. Incluso si no nos preocupamos del más allá, satisfechos de nuestra justicia, de nuestra sabiduría y de nuestra fuerza, nos apreciamos y nos adulamos hasta el punto de considerarnos semidioses. Pero, si empezamos a elevar nuestros pensamientos hacia Dios, debidamente conscientes de quién es él, y a considerar la perfección de su justicia, de su sabiduría y de su poder, que debería ser nuestro modelo, entonces todo lo que hasta el momento nos parecía, erróneamente, justo se nos presenta con los repugnantes colores de la suciedad. Lo que consideramos sabiduría se nos presentará como necedad y lo que poseía una buena apariencia de fuerza se delatará como nada más que debilidad. Esa es, según las Escrituras, la causa del temor y temblor que han abrumado a los santos cada vez que han sentido la presencia de Dios. Podemos ver como quienes se veían llenos de seguridad y marchan con la cabeza alta al estar lejos de Dios, dan por el contrario muestra de pánico y terror hasta el punto de quedar angustiados, totalmente paralizados, por el temor a la muerte, como anonadados, al manifestar Dios su gloria a ellos. Eso nos permite llegar a la conclusión de que los hombres nunca experimentan el sentimiento de su pobreza con tanta intensidad como cuando se ven comparados con la majestad de Dios.»”