Quotessence
Home / Topics / Jesucristo Quotes

Jesucristo Quotes

Browse 138 quotes about Jesucristo.

Jesucristo Quotes

“Tenemos que aprender de nuevo, desde lo más íntimo, la valentía de la bondad; sólo lo conseguiremos si nosotros mismos nos hacemos «buenos» interiormente, si somos «prójimos» desde dentro y cada uno percibe qué tipo de servicio se necesita en mi entorno y en el radio más amplio de mi existencia, y cómo puedo prestarlo yo.”

“Siéntate en soledad y permanece en absoluto silencio. Inclina la cabeza, cierra los ojos, respira suave y profundamente, imagínate que estás mirando en el interior de tu corazón, dirige hacia él todos tus pensamientos. Al ritmo de la respiración pronuncia las siguientes palabras: “Señor, Jesucristo, ¡ten piedad de mí!”, dilo moviendo los labios con dulzura y desde lo más profundo de tu ser. Esfuérzate en alejar de ti todos los demás pensamientos, ten paciencia y repítelo siempre que puedas.”

“El drama del Monte de los Olivos consiste en que Jesús restaura la voluntad natural del hombre de la oposición a la sinergia, y restablece así al hombre en su grandeza. En la voluntad natural humana de Jesús está, por decirlo así, toda la resistencia de la naturaleza humana contra Dios. La obstinación de todos nosotros, toda la oposición contra Dios está presente, y Jesús, luchando, arrastra a la naturaleza recalcitrante hacia su verdadera esencia.”

“Dios no es apresurado a lo largo de esta corriente de tiempo que es el universo del mismo modo que un autor no es apresurado a lo largo del tiempo imaginario de su propia novela. Tiene una atención infinita para prodigar entre todos nosotros. No tiene que tratar con nosotros en masa. Estás tan solo con Él como si fueras el único ser que hubiera creado. Cuando Cristo murió, murió por ti individualmente como si hubieras sido el único hombre del mundo.”

“Lo que me había pasado con el ciego. Su ejemplo había hecho aumentar en mí la devoción y el amor al Señor. La oración interior del corazón me hacía sentir tan feliz, que no podía pensar en una felicidad mayor sobre la tierra. Y no se trataba únicamente de una realidad interior; el mismo mundo exterior tenía para mí algo diverso; todo lo miraba con una luz especial. ¡Todo me llevaba a alabar más al Señor, y a darle gracias! Los hombres, las plantas, los animales... todo me parecía tener una presencia del Señor, que yo antes no descubría. Ahora todo se me hacía más familiar. A veces, parecía como si el cuerpo perdiese su peso natural y yo me sintiese liviano y ágil, sin notar la pesadez del cuerpo. Otras veces entraba de tal manera en mi interior, que admiraba la disposición del cuerpo, de todos sus miembros, de su hermosura... Y daba por ello gracias a Dios. A veces sentía una gran alegría, como si me hubieran nombrado zar... A veces, deseaba experimentar pronto la muerte, para poder testimoniarle mi agradecimiento en el mundo de los espíritus puros.”

“Los Apóstoles, que llevaban ya más de un año como discípulos de Jesús, y recibieron de Él su oración, el Padrenuestro, que nos han legado, y sin embargo, al final de su existencia terrena, Jesucristo les reveló el misterio que aún ignoraban, para que su oración fuese realmente eficaz. Les dijo: «Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre. Yo os aseguro: lo que pidáis en mi nombre al Padre, os lo dará» (Jn 16,23-24)”

“La Iglesia no existe más que para atraer a los hombres a Cristo, para convertirlos en otros Cristos. Si no cumple este cometido, todas las catedrales, el sacerdocio, las misiones, los sermones, incluso la Biblia misma, son sencillamente una pérdida de tiempo. Dios se hizo hombre para ese único fin. Incluso es dudoso que el universo haya sido creado para otro fin que ese. La Biblia dice que el universo entero fue creado para Cristo y que todo ha de ser reunido en Él. Lo que se nos ha dicho es cómo nosotros, los hombres, podemos ser atraídos hacia Cristo. Esto es lo único para lo que hemos sido hechos. Y hay extraños, excitantes indicios en la Biblia de que, cuando hayamos sido atraídos, un gran número de otras cosas en la naturaleza empezarán a funcionar bien. La pesadilla habrá terminado, y llegará el amanecer.”

“La oración interior continua a Jesús es la invocación ininterrumpida de su nombre divino con los labios, el corazón y la inteligencia; consiste en tenerlo siempre en nosotros e implorar su gracia en todo tiempo y lugar, e incluso, durante el sueño. Esta invocación se expresa con las siguientes palabras: Señor, Jesucristo, ¡ten piedad de mí, pecador! Quien se acostumbra a esta plegaria, encuentra en ella tanto consuelo y siente tal necesidad de repetirla, que no puede vivir sin que espontáneamente resuene en su interior.”

“Camino sin parar y rezo incesantemente la oración a Jesús, que para mí es la cosa más preciosa y dulce del mundo. A veces recorro setenta verste en un día y no siento ningún cansancio: sólo sé que he rezado. Cuando siento mucho frío repito con más intensidad mi oración y me siento aliviado. Cuando siento hambre, invoco con más fuerza el nombre de Jesús y me olvido de mis deseos de comer. Si me siento enfermo y noto que me duele la espalda o las piernas, me concentro en la oración a Jesús y el dolor desaparece. Cuando alguien me ofende, pienso solamente en la oración a Jesús, la cólera y la tristeza desaparecen, y lo olvido todo. A veces pienso que me he vuelto un poco extraño, no tengo preocupaciones, nada me causa pesar, nada de lo externo me atrae, me agrada estar solo y la única necesidad que tengo es la de orar continuamente. Cuando lo hago me lleno de gozo. ¡Sólo Dios sabe lo que está haciendo en mí!”

“Después de un tiempo, sentí que mi oración había pasado de los labios al corazón. Me parecía que el corazón mismo, con sus latidos, iba diciendo las palabras de la oración. Rítmicamente el corazón parecía decir: 1. Señor; 2. Jesucristo; 3. Hijo; 4. de Dios; 5. ten piedad; 6. de mí. Dejé de mover mis labios y estuve atento al corazón, intentando también mirar en mi interior.”

“El monje me decía que las palabras del evangelio obran por sí mismas, porque son palabra de Dios. —No es necesario entender, basta leer con atención. Un santo dijo que si tú no entiendes la palabra de Dios, los malos espíritus sí la entienden, y tiemblan. Y tu embriaguez viene de los malos espíritus. Y te diré todavía más. San Juan Crisóstomo asegura que hasta el lugar donde se guardan las Escrituras aterra a los malos espíritus y es un obstáculo para sus intenciones.”

“Tenían razón los santos Padres cuando decían que la Filocalía es la llave que abre el entendimiento de los misterios de la Escritura. Con ayuda de la Filocalía comencé a entender mejor lo oculto de la palabra de Dios. Descubrí qué significaba el hombre interior en el fondo del corazón, la verdadera oración, la adoración en Espíritu, el Reino en nuestro interior, la intercesión del Espíritu Santo... Comprendí también el sentido de expresiones como estas: «Vosotros estáis en mí» (cf Jn 15,4); «Dame tu corazón» (cf Prov 23,26); «Revestirse de Cristo» (cf Gál 3,27), qué significan «las bodas del Espíritu con los hombres», la invocación: «¡Abba, Padre!» (cf Gál 4,6), y otras expresiones. Al mismo tiempo, las cosas que me rodeaban parecía como que se transformaban con la oración: los árboles, la hierba, los pájaros, la tierra, el aire, la luz... Todo parecía decirme que existía para mí. Me parecía que daban testimonio de que Dios las había creado para el hombre por amor. Así comprendí lo que la Filocalía llama el lenguaje de la creación y la posibilidad de hablar de Dios con la misma creación.”

“Podrás hacer todas las penitencias inimaginables –le dije–, pero si no tienes a Dios en tu alma y la oración a Jesús en tu corazón, no encontrarás la paz, y estarás siempre expuesto a caer de nuevo. Disponte, pues, a rezar la oración a Jesús, en esta soledad te resultará fácil y pronto notarás sus efectos positivos. Desaparecerán los malos pensamientos, y el amor te hará crecer en la fe. Ya no te parecerá un cuento que los muertos resuciten, ni temerás al juicio final. Tú mismo te asombrarás de la libertad y el gozo que anidarán en tu corazón. Nada te atormentará.”

“Comencé intentando individuar la posición del corazón, según la enseñanza de Simeón el Nuevo Teólogo. Cerré los ojos, concentrando todas las fuerzas de imaginación en el corazón. Este ejercicio me duraba media hora, y lo repetía varias veces. Al principio sólo sentía una impresión de oscuridad; pero no tardó en aparecer mi corazón y sentir sus movimientos profundos. Luego traté de sincronizarlos con la oración a Jesús, como lo enseñan los santos Padres Gregorio el Sinaíta, Calixto e Ignacio. Aspirando el aire, dirigía la mirada hacia el corazón y decía: Señor Jesucristo. Y luego, expirando continuaba: ten misericordia de mí. Lo fui repitiendo, primero durante una hora, después durante dos, y posteriormente, gracias al ejercicio continuo, casi todo el día. Cuando se me hacía difícil, o sentía pereza o fatiga, abría de nuevo la Filocalía, y leía en seguida los puntos que trataban de la oración interior, y de nuevo sentía ganas de practicarla.”

“La oración interior del corazón fue mi compañera y consuelo a lo largo de la peregrinación. Nada la impedía, ni las ocupaciones, ni las circunstancias exteriores. La misma oración parecía ayudarme a resolver los problemas que se me presentaban. Cuando leía o escuchaba, la oración seguía manando del interior de mi corazón. Parecía como si se desdoblase mi personalidad o hubiese dos almas en mí, una que escuchaba y otra que oraba.”

“El Nuevo Testamento –comenzó– dice que «toda la creación espera ansiosamente que los hijos de Dios salgan a la luz y suspira por ser liberada de la vanidad de este mundo» (cf Rom 8,19-20). Pues bien, este misterioso suspirar de la creación es la oración interior. No es necesario aprenderla; la llevamos dentro, es innata a nosotros.”

“Todos pueden llegar a ella. Basta con sumergirse silenciosamente en el propio corazón, invocando con la mayor frecuencia posible el nombre de Jesús. Inmediatamente se descubre una luz interior y todo se hace más comprensible. Lo que nos pasa a los mortales, es que estamos muy lejos de nosotros mismos y no nos interesa entrar en nuestro interior. Huimos de nosotros mismos. Nos perdemos en cuatro bagatelas con tal de no encontrarnos en profundidad con nosotros mismos. Buscamos escapatorias, con lo que nuestros deseos se quedan en palabras. Con frecuencia nos decimos: me gustaría hacer oración, mirar en mi interior..., pero no tengo tiempo, las ocupaciones y los negocios me impiden dedicarme a ello. Tendríamos que preguntarnos de verdad, qué es lo más importante, si la vida del alma que tiene límites de eternidad, o el cuerpo, que tiene una vida pasajera.”

“En mi interior sentía un hambre especial de oración. No sabía cómo dar rienda suelta a estos deseos, pues hacía ya dos días que me sentía fuera de la soledad y del silencio. Mi corazón parecía un río que buscaba por dónde romper para inundarlo todo. Comprendí, entonces, por qué los que practican la oración del corazón buscan siempre la soledad y huyen del mundo, escondiéndose de los hombres. Comprendí también por qué el venerable Hesiquio califica de charlatanería, incluso, las conversaciones más altas. Y recordé también las palabras de san Efrén de Siria: «Una palabra es plata, pero el silencio es oro puro».”

“El ciego me insistió en que le explicase cómo la mente puede encontrar el corazón e introducir en él el nombre de Jesús. Estás ciego y no ves los objetos. Sin embargo, puedes representarte aquellas cosas que viste antes de perder la vista. Ahora—Pues bien, lo mismo puedes hacer con el corazón. Haz que tu mirada penetre en tu interior, en tu corazón; escucha sus latidos, que son latidos de verdad. Cuando te hayas acostumbrado a escuchar esos latidos, procura relacionar las palabras de la oración interior con el ritmo de los latidos de ese corazón. Así, en el primer latido di: Señor; en el segundo pronuncia: Jesús; en el tercero: ten misericordia; y en el cuarto, para finalizar: de mí. Repítelo muchas veces. A ti te resultará más fácil, pues en cierta manera estás ya acostumbrado a repetir la frase. No tienes que hacer más que relacionarla con los latidos del corazón. También te servirá relacionar las palabras de la oración del corazón con la respiración. Mientras inspiras el aire, dirás: Señor, Jesús; y mientras expiras, completarás: Ten misericordia de mí. Si lo haces así, al principio sentirás un ligero dolor en el corazón; después se te cambiará en calor gozoso. Procura rechazar cualquier imaginación que te surja durante la oración, pues entonces la oración pierde su pureza y se convierte a esas imaginaciones creando, en el supuesto orante, puras ilusiones.”

“Pasados cinco días comenzó a sentir un calor gozoso en el corazón y un deseo irrefrenable de seguir ejercitando la oración del corazón. La oración le iba revelando su amor a Jesús. A veces le parecía descubrir en su corazón como una luz, que le subía desde el mismo corazón y le iluminaba completamente. Era una llama que iluminaba la distancia, teniendo la impresión de ver en esa misma distancia. Pero cuídate bien de tener tus visiones por revelaciones directas. Tu visión puede explicarse de una forma completamente natural. El alma humana no está ligada a lugares ni a distancias. Puede ver en la oscuridad tanto los objetos cercanos como los lejanos; sólo se lo impide la opacidad de nuestro cuerpo, de nuestros pensamientos e imaginaciones inútiles. Cuando nos concentramos hasta prescindir de estas realidades corporales, entonces nuestra alma, o nuestro espíritu, alcanza su dimensión natural y vuelve a ser ella misma, sin impedimento corporal alguno. Y entonces puede suceder lo que te ha sucedido a ti. Mi difunto staretz me decía haber conocido personas no dadas a la oración, que tenían el poder de ver en la oscuridad y de penetrar en el pensamiento de los demás. Los verdaderos efectos de la oración son otros. Es, sobre todo, una alegría que nadie puede expresar del todo, y que no puede compararse con cosa natural alguna. Las cosas materiales son muy poca cosa si se las compara con las verdaderas sensaciones de la gracia. Lo que pasa es que cuando no tenemos experiencia de estas, las sensaciones sensibles y materiales las identificamos con ellas, y nos parece que son espirituales. ¡Qué error!”

“Lo que surge de la vida conjunta del Padre y el Hijo es una auténtica Persona; es, de hecho, la Tercera de las tres Personas que son Dios. Esta Tercera Persona se llama, en lenguaje técnico, el Espíritu Santo o el Espíritu de Dios. No os preocupéis ni os sorprendáis si lo encontráis bastante más vago y difuminado en vuestra mente que a los otros dos. Creo que hay una razón por la que esto debe ser así. En la vida cristiana no se suele estar mirándolo a El: Él está siempre actuando en vosotros. Si pensáis en el Padre como en alguien que está «ahí fuera», delante de vosotros, y en el Hijo como en alguien que está a vuestro lado, ayudándoos a orar, intentando convertiros en otro hijo, entonces tenéis que pensar en la Persona como en alguien que está dentro de vosotros, o detrás de vosotros. Son una gran fuente de energía y belleza que mana desde el centro mismo de la realidad. Si estáis cerca de esa fuente, su salpicadura os mojará; si no lo estáis, permaneceréis secos. Una vez que un hombre está unido a Dios, ¿cómo no iba a vivir para siempre?”

“El auténtico problema de la vida cristiana aparece allí donde la gente no suele buscarlo. Aparece en el instante mismo en que os despertáis cada mañana. Todos vuestros deseos y esperanzas para el nuevo día se precipitan sobre vosotros como bestias salvajes. Y lo primero que ha de hacerse cada mañana consiste sencillamente en echarlos atrás: en escuchar la voz de Cristo, adoptando aquel otro punto de vista, dejando que aquella otra vida más grande, más fuerte y más silenciosa fluya en vosotros. Y así todo el día. Apartándoos de todos vuestros remilgos y resquemores; protegiéndose del viento.”

“Cristo nos ofrece algo por nada. Incluso nos lo ofrece todo por nada. En cierto modo, toda la vida cristiana consiste en aceptar este asombroso ofrecimiento. Pero la dificultad está en alcanzar el punto en el que reconocemos qué todo lo que hemos hecho y podemos hacer es nada. Lo que nos habría gustado es que Dios hubiera tenido en cuenta nuestros puntos a favor y hubiese ignorado nuestros puntos en contra. Una vez más, en cierto modo, puede decirse que ninguna tentación es superada hasta que no dejamos de intentar superarla… hasta que no tiramos la toalla. Pero, claro, no podríamos «dejar de intentarlo» del modo adecuado y por la razón adecuada hasta que no lo hubiéramos intentado con todas nuestras fuerzas. Y, en otro sentido aún, dejarlo todo en manos de Cristo no significa, naturalmente, que dejemos de intentarlo. Confiar en El quiere decir, por supuesto, intentar hacer todo lo que Él dice. No tendría sentido decir que confiamos en una persona si no vamos a seguir su consejo. Así, si verdaderamente os habéis puesto en Sus manos, de esto debe seguirse que estáis tratando de obedecerle. Pero lo estáis haciendo de una manera nueva, de una manera menos preocupada.”

“Lo que Dios engendra es Dios, del mismo modo que lo que engendra un hombre es un hombre. Lo que Dios crea no es Dios, del mismo modo que lo que el hombre crea no es un hombre. Por eso los hombres no son Hijos de Dios en el sentido en que lo es Cristo. Pueden parecerse a Dios en algunos aspectos, pero no son cosas de la misma clase. Son más como estatuas o cuadros de Dios. Una estatua tiene la forma de un hombre pero no está viva. Del mismo modo, el hombre tiene (en un sentido que voy a explicar ahora) la «forma» de Dios, pero no tiene la misma clase de vida que tiene Dios.”

“Un cristiano corriente se arrodilla para hacer sus oraciones. Está intentando ponerse en contacto con Dios. Pero si es cristiano sabe que lo que le está instando a orar también es Dios: Dios, por así decirlo, dentro de él. Pero también sabe que todo su conocimiento real de Dios le viene a través de Cristo, el Hombre que es Dios…, que Cristo está de pie a su lado, ayudándole a orar, orando con él. ¿Veis lo que está ocurriendo? Dios es aquello a lo cual él está orando, la meta que está intentando alcanzar. Dios es también lo que dentro de él le empuja, la fuerza de su motivación. Dios es también el camino o puente a lo largo del cual está siendo empujado hacia esa meta! De manera que la triple vida del Ser tripersonal está de hecho teniendo lugar en ese dormitorio corriente en el que un hombre corriente está diciendo sus oraciones. Ese hombre está siendo captado por la clase de vida más alta, lo que yo llamo Zoe o vida espiritual: está siendo atraído hacia Dios, por Dios, mientras que sigue siendo el mismo.”

“Pero en cuanto empiezo a intentar explicar cómo están relacionadas esas tres Personas de la Trinidad tengo que utilizar palabras que hacen que parezca que una de ellas ha estado allí antes de las demás. La Primera Persona se llama el Padre y la Segunda el Hijo. Decimos que la primera engendra la segunda: lo llamamos engendrar y no crear, porque lo que la primera Persona produce es de la misma clase que Ella. En ese aspecto la palabra Padre es la única que podemos utilizar. Pero desgraciadamente ésta sugiere que Ella estuvo ahí primero, del mismo modo que un padre humano existe antes que su hijo. Pero esto no es así. Aquí no hay un antes y un después. Y por eso he dedicado algún tiempo al intento de aclarar cómo una cosa puede ser la fuente, o la causa, o el origen de otra sin haber estado allí antes. El Hijo es porque el Padre es, pero nunca hubo un momento en que el Padre produjera al Hijo. El Hijo es porque el Padre es, pero nunca hubo un momento en que el Padre produjera al Hijo.”

“Dios sabe cómo describirse a sí mismo mucho mejor de lo que nosotros sabemos describirlo. Él sabe que Padre e Hijo se parece más a la relación entre la Primera y la Segunda Persona que ninguna otra cosa en la que podamos pensar. Lo más importante que debemos saber es que es una relación de amor. El Padre se deleita en el Hijo; el Hijo venera al Padre.”

“Las palabras «Dios es Amor» no tienen un significado real a menos que Dios contenga al menos a dos Personas. El amor es algo que una persona siente por otra persona. Si Dios fuera una sola persona entonces, antes de que el mundo fuese creado, Dios no era amor. Y esa es, de paso, tal vez la diferencia más importante entre el cristianismo y todas las demás religiones: que en el cristianismo Dios no es una Cosa -ni siquiera una Persona- estática, sino una actividad dinámica y pulsante, una vida, casi una especie de drama. Casi, si no me tomáis por irreverente, una suerte de danza. La unión entre el Padre y el Hijo es algo tan vivo y concreto que esta unión misma es en sí una Persona.”

“Lo que surge de la vida conjunta del Padre y el Hijo es una auténtica Persona; es, de hecho, la Tercera de las tres Personas que son Dios. Esta Tercera Persona se llama, en lenguaje técnico, el Espíritu Santo o el Espíritu de Dios. No os preocupéis ni os sorprendáis si lo encontráis bastante más vago y difuminado en vuestra mente que a los otros dos. Creo que hay una razón por la que esto debe ser así. En la vida cristiana no se suele estar mirándolo a El: Él está siempre actuando en vosotros. Si pensáis en el Padre como en alguien que está «ahí fuera», delante de vosotros, y en el Hijo como en alguien que está a vuestro lado, ayudándoos a orar, intentando convertiros en otro hijo, entonces tenéis que pensar en la Persona como en alguien que está dentro de vosotros, o detrás de vosotros.”

“Toda la danza, o drama, o patrón de conducta de esta vida tri-Personal debe ser llevado a cabo en cada uno de nosotros: o (en el sentido inverso), cada uno de nosotros tiene que entrar en ese patrón de conducta, tomar su puesto en esa danza. No hay otro camino hacia la felicidad para la que hemos sido hechos. Sabréis que las cosas buenas además de las malas se contagian por una suerte de infección. Son una gran fuente de energía y belleza que mana desde el centro mismo de la realidad. Si estáis cerca de esa fuente, su salpicadura os mojará; si no lo estáis, permaneceréis secos. Una vez que un hombre está unido a Dios, ¿cómo no iba a vivir para siempre?”

“¿Pero cómo va ese hombre a unirse a Dios? ¿Cómo es posible para nosotros ser absorbidos en la vida tri-Personal? En nuestro estado natural no somos hijos de Dios: sólo somos (por así decirlo) estatuas. No poseemos Zoe o vida espiritual: sólo poseemos Bios o vida biológica que a su tiempo se agotará y morirá. Pues bien, todo lo que ofrece el cristianismo es esto: que podemos, si dejamos que Dios se salga con la Suya, llegar a compartir la vida de Cristo. Si lo hacemos, estaremos compartiendo una vida que fue engendrada, no creada, que siempre ha existido y que siempre existirá. Cristo es el Hijo de Dios. Si compartimos esta clase de vida nosotros también seremos hijos de Dios. Amaremos al Padre como Él le ama y el Espíritu Santo se despertará en nosotros. El vino a este mundo y se hizo hombre para difundir a otros hombres la clase de vida que Él tiene, a través de lo que yo llamo una «buena infección». Cada cristiano debe convertirse en un pequeño Cristo.”

“Aparentemente, las ratas de la vindicación y el resentimiento siempre están allí, en el desván, de mi alma. Y ese desván está fuera del alcance de mi voluntad consciente. Puedo, hasta cierto punto, controlar mis actos, pero no tengo un control directo sobre mi temperamento. Y si, (como dije antes) lo que somos importa aún más que lo que hacemos —si, ciertamente, lo que hacemos importa principalmente como evidencia de lo que somos— entonces se sigue que el cambio que más necesito llevar a cabo es un cambio que mis propios esfuerzos directos y voluntarios no pueden realizar. Y esto puede aplicarse también a mis buenas acciones. ¿Cuántas de ellas fueron hechas por el motivo correcto? ¿Cuántas por miedo a la opinión pública, o por un deseo de ostentación? ¿Cuántas por una suerte de obstinación o de sentido de superioridad que, en circunstancias diferentes, podrían haber conducido igualmente a una mala acción? Pero yo no puedo, a través de un esfuerzo moral directo, proporcionarme a mí mismo nuevos motivos. Después de los primeros pasos en la vida cristiana nos damos cuenta de que aquello que verdaderamente necesita hacerse en nuestras almas sólo puede ser hecho por Dios.”

“Ahora necesitamos la ayuda de Dios para hacer algo que Dios, en Su propia naturaleza, no haría jamás… rendirnos, sufrir, someternos, morir. De modo que el único camino para el que ahora necesitamos más que nunca la ayuda de Dios es un camino que Dios, en Su propia naturaleza, jamás ha recorrido. Dios sólo puede compartir lo que Él tiene, y esto, en Su propia naturaleza, no lo tiene. Pero supongamos que Dios se hace hombre… supongamos que nuestra naturaleza humana que puede sufrir y morir sé amalgamase con la naturaleza de Dios en una persona. Esa persona, entonces, podría ayudarnos. No podemos compartir la muerte de Dios a menos que Dios muera, y Él no puede morir a menos que se haga hombre. Es en este sentido en el que Él paga nuestras deudas, y sufre por nosotros lo que, como Dios, no es necesario que sufra.”

“Jesús dio a sus apóstoles un mandamiento nuevo, SU PROPIO MANDAMIENTO, como lo dice más adelante, ya no habla de amar al prójimo como a sí mismo sino de amarlo como él, Jesús, lo ha amado. Jesús, Tú conoces mejor que yo mi debilidad, mi imperfección, sabes muy bien que jamás podría amar a mis hermanas como Tú las amas, si tú mismo, Jesús mío, no las amaras también en mí. Tu voluntad es amar en mí a todos aquellos a quienes me ordenas amar. Estoy convencida de que cuando ejercito la caridad, es Jesús sólo quien obra en mí: cuanto más unida a Él estoy, tanto más amo a todas mis hermanas. Cuando quiero aumentar en mí el amor, y sobre todo, cuando el demonio intenta poner ante los ojos de mi alma los defectos de tal o cual hermana que me resulta menos simpática, me apresuro a descubrir sus virtudes, sus buenos deseos, me digo que si la he visto caer una vez quizá ha ganado [13rº] muchas victorias que oculta por humildad, y que esa aparente falta sea tal vez, a causa de la intención, un acto de virtud.”

“Ésta es una imagen para el tiempo de la Iglesia, que también se nos propone precisamente a nosotros. El Señor está «en el monte» del Padre. Por eso nos ve. Por eso puede subir en cualquier momento a la barca de nuestra vida. Y por eso podemos invocarlo siempre, estando seguros de que Él siempre nos ve y siempre nos oye.”

“María Magdalena quiere tocar a Cristo, retenerlo, pero el Señor le dice: «Suéltame, que todavía no he subido al Padre» (Jn 20,17). Esto nos sorprende. Es como decir: Precisamente ahora que lo tiene delante, ella puede tocarlo, tenerlo consigo. Cuando habrá subido al Padre, eso ya no será posible. Pero el Señor dice lo contrario: Ahora no lo puede tocar, retenerlo. La relación anterior con el Jesús terrenal ya no es posible. Se trata aquí de la misma experiencia a la que se refiere Pablo en 2 Corintios 5,16s: «Si conocimos a Cristo según los criterios humanos, ya no lo conocemos así. Si uno está en Cristo, es una criatura nueva». El viejo modo humano de estar juntos y de encontrarse queda superado. Ahora ya sólo se puede tocar a Jesús «junto al Padre». Únicamente se le puede tocar subiendo. Él nos resulta accesible y cercano de manera nueva: a partir del Padre, en comunión con el Padre.”

“La gracia y misericordia de Cristo nos hace capaces de dar testimonio aunque sólo sea limitándonos a aceptar la copa que no podemos evitar. Porque la Eucaristía transformará nuestro sufrimiento en sacrificio. No es que Jesús sufriera y muriera para que nosotros no suframos ni muramos. No se trata de una mera sustitución. Es un misterio representativo y participativo. Jesús padeció y murió para dotar a nuestros sufrimientos de un valor redentor, un valor que nunca podrían haber poseído por sí mismos. Padeció y murió para investirnos de su amor. Lo hizo para que nuestro amor, sin disminuir nuestro sufrimiento ni evitarnos el dolor, transformase ese dolor en una pasión santa, el sufrimiento en sacrificio. Lo hizo para que nuestra vida en Cristo pueda culminar en una muerte Santa.”

“Dios no llama a los que son dignos sino a los que quiere. Todo depende, no del querer o del esfuerzo del hombre, sino de la Misericordia de Dios» (Rom 9,15-16) Durante mucho tiempo me he preguntado por qué Dios tiene preferencias, por qué no reciben todas las almas un grado igual de gracias. Me preguntaba por qué los pobres salvajes, por ejemplo, mueren en gran número sin haber siquiera oído pronunciar el nombre de Dios... Jesús se dignó instruirme acerca de este misterio. Puso ante mis ojos el Libro de la Naturaleza. Comprendí que si todas las flores pequeñitas quisieran ser rosadas, la naturaleza perdería su ornato. Lo mismo ocurre en el mundo de las almas, que es el Jardín de Jesús. La perfección consiste en hacer su voluntad, en ser lo que Él quiere que seamos... Comprendí también que el amor de nuestro Señor se revela tanto en el alma más simple que en nada resiste a su gracia como en el alma más sublime.”

“Yo soy esa hija, objeto del amor preveniente de un Padre que ha enviado a su Verbo para rescatar no a los justos sino a los pecadores. Quiere que yo lo ame porque me ha perdonado, no mucho sino TODO. No esperó que lo amase mucho como santa Magdalena, sino que ha querido que yo sepa cómo me había amado con un amor de inefable previsión, ¡a fin de que ahora lo ame hasta la locura!... He oído decir que no se ha hallado un alma pura que ame más que un alma arrepentida. ¡Cuánto querría desmentir esa expresión!...”

“La verdadera sabiduría consiste en «querer ser ignorado y tenido por nada» –en «gozar en el desprecio de sí»–. Yo quería que, como el de Jesús, «mi rostro estuviera verdaderamente escondido y que nadie en la tierra pudiera reconocerme». Tenía sed de sufrir y de ser olvidada.”

“El amor verdadero se alimenta de sacrificios. Cuanto más se niega el alma las satisfacciones naturales, tanto más desinteresado se vuelve su cariño. Al amar a Cristo, el corazón se ensancha y puede dar incomparablemente más cariño a los que le son queridos que si se hubiera concentrado en un amor egoísta e infructuoso.”

“Hay dos tipos de aflicción: una, que ha perdido la esperanza, que ya no confía en el amor y la verdad, y por ello abate y destruye al hombre por dentro; pero también existe la aflicción provocada por la conmoción ante la verdad y que lleva al hombre a la conversión, a oponerse al mal. Esta tristeza regenera, porque enseña a los hombres a esperar y amar de nuevo. Un ejemplo de la primera aflicción es Judas, quien —profundamente abatido por su caída— pierde la esperanza y lleno de desesperación se ahorca. Un ejemplo del segundo tipo de aflicción es Pedro que, conmovido ante la mirada del Señor, prorrumpe en un llanto salvador: las lágrimas labran la tierra de su alma. Comienza de nuevo y se transforma en un hombre nuevo.”

“La ausencia de toda la dimensión social en la predicación de Jesús —una carencia que, desde el punto de vista judío, Neusner critica de manera totalmente comprensible— entraña y al mismo tiempo esconde un proceso que afecta a la historia universal y que, como tal, no se ha producido en ningún otro ámbito cultural: los ordenamientos políticos y sociales concretos se liberan de la sacralidad inmediata, de la legislación basada en el derecho divino, y se confían a la libertad del hombre, que a través de Jesús está enraizado en la voluntad del Padre y, a partir de Él, aprende a discernir lo justo y lo bueno.”

“Lo verdaderamente importante en la oración no es esto o aquello, sino que Dios se nos quiere dar. Éste es el don de todos los dones, lo «único necesario» (cf. Lc 10, 42). La oración es un camino para purificar poco a poco nuestros deseos, corregirlos e ir sabiendo lo que necesitamos de verdad: a Dios y a su Espíritu.”

“Nos encontramos de lleno ante el gran interrogante de cómo se puede conocer a Dios y cómo se puede desconocerlo, de cómo el hombre puede relacionarse con Dios y cómo puede perderlo. La arrogancia que quiere convertir a Dios en un objeto e imponerle nuestras condiciones experimentales de laboratorio no puede encontrar a Dios. Pues, de entrada, presupone ya que nosotros negamos a Dios en cuanto Dios, pues nos ponemos por encima de Él. Porque dejamos de lado toda dimensión del amor, de la escucha interior, y sólo reconocemos como real lo que se puede experimentar, lo que podemos tener en nuestras manos. Quien piensa de este modo se convierte a sí mismo en Dios y, con ello, no sólo degrada a Dios, sino también al mundo y a sí mismo.”

“Quien sigue la voluntad de Dios sabe que en todos los horrores que le ocurran nunca perderá una última protección. Sabe que el fundamento del mundo es el amor y que, por ello, incluso cuando ningún hombre pueda o quiera ayudarle, él puede seguir adelante poniendo su confianza en Aquel que le ama.”